jueves, 15 de diciembre de 2016

Capítulo LII: Inicia la guerra.



Poco después de que Flammer asesinó a sus mediohermanos, me dijo que iríamos directo a donde estaba la construcción. Estaba seguro que así se solucionarían sus problemas, sin embargo tampoco lo ví muy convencido, como si supiera que podría pasar algún tipo de contratiempo, sin embargo decidí no preguntar sus conjeturas, pues se veía débil y cansado, como si esa magia que había usado lo hubieran dejado agotado, sin contar que en su tono de voz que normalmente era calmado y pausado, que ya de por sí daba miedo escucharlo hablar estando enojado, ahora era más grave y se notaba claramente que estaba ardiendo por dentro del odio, así que sólo me limité a seguirlo, pues ni volteaba a verme. Estaba murmurando cientos de cosas, ni atención me prestaba y sinceramente prefería que así fuera, no tenía deseo en lo absoluto de tener que batirme en duelo contra él si comenzaba a pensar que lo estaba retando, así que sencillamente caminamos durante un par de horas, en camino hacía donde estaban construyendo la nueva Mansión Actecmer. Revisé mi reloj y al notar que apenas eran las tres de la madrugada, supe que Flammer estaba o tratando de ganar tiempo, o sin importarle un carajo el estatuto del secreto si llegaba a hacer lo que pensaba que haría. Finalmente se detuvo, tomó mi brazo y desaparecimos, llegando al instante a donde estaba la obra, tal como se había quedado hacía apenas unas horas. Flam, quien estuvo observando todo el lugar, agarró su varita e hizo que los ladrillos salieran volando, apilándose unos tras otros, fijándose y quedando inertes unos segundos, hasta que cayeron, negándose a seguir la construcción. Escuché como Flammer crujía los dientes y un grito plenamente horroroso lleno de odio, rabia y maldad envolvió todo el ambiente, de las manos del chico estaban saliendo dos enormes llamaradas que fácil alcanzaban los 5 metros de altura y de su boca, mientras emanaba el grito, un sinfín de enormes abejas más negras que la noche comenzarona volar y a abrirse camino entre la ciudad. Cuando el gritó cesó, levantó la varita e hizo estallar en miles de pedazos los pocos avances que había, volteó a verme de reojo y apenas sí logré tocarlo, desaparecimos de nuevo. Un instante después, caí al suelo de sentón, nuevamente frente a la casa de la chica a quien mató hacía apenas unas horas. La vio con enorme desprecio y con una ráfaga de aire hizo que la puerta se abriera, encendiendo el tipo de alarma que usaban los muggles para evitar intrusos. Se escuchó un par de gritos y a dos bebés llorar, vi una sonrisa de triunfo en sus labios y subió, con completa tranquilidad, y siguiendo sus pasos, fui tras de él. Llegamos a un pasillo donde había varias puertas. Flammer abrió una por una hasta que llegó a la última, al abrirla, encontró a un hombre, abrazando a dos bebés recién nacidos, que lloraban de terror al igual que el hombre, que se puso de frente entre Flam y los que intuí eran sus hijos. Levantó su varita apuntando el sujeto, quien se quedó plantado ahí.
—Vamos, sé que la magia no puede lastimar. Estoy casado con una bruja y me ha explicado que la magia oscura a quedado olvidada. —Dijo el muggle, bastante firme pero sabiendo que el mismo dudaba de sus palabras.
—Lamento decirte que hablas con errores; En primer lugar no estás, estabas casado con una bruja, ahora es alimento de gusanos. En segundo, la magia oscura no se ha perdido, pues frente a ti tienes al mago más grande y poderoso que haya existido en este siglo y tal vez de todos los tiempos.
— ¡Mientes! Desgraciado, mientes. —El hombre abrió su gaveta y sacó un arma de fuego, apuntando directo a Flam. —Un paso más y te mataré, ¡juro que lo haré! —Se vieron fijamente a los ojos, Flammer sin bajar la varita, rio cuando el objeto empezó a derretirse hasta ser una plasta de metal fundido.
—No eres más que un simple muggle que piensa que puedes plantarte frente a un mago y salir ileso. Pero te haré un trato; Contesta por las buenas lo que quiero y te mataré sin sufrimiento, tan simple y sencillo que pensarás que sólo cerraste los ojos para dormir.
—Jamás haría lo que tú me dices. Conozco lo que haces. Sé quién eres. Mi esposa. —El hombre calló, entiendo al fin el “estabas” que Flammer le había dicho hace apenas unos momentos. —Sus hermanos… han hablado mucho de ti. No eres más que un asesino.
— Para ti soy un asesino, sin embargo te diré un secreto; he logrado que grandes magos hablen y revelen sus secretos, para después robar su última luz de ojos, ¿por qué sería diferente contigo? Sólo responde lo que quiero y morirás sin miedo, y tus hijos no sufrirán daño. Aunque claro, sin madre, tíos o familia alguna, lo mejor sería que murieran junto a ti. —Flammer soltó una débil sonrisa cuando observó el temor y súplica en los ojos de aquel muggle.
—No… No dejaré que toques a mis hijos, ni a mi.
—La valentía es un defecto que muchos llaman virtud, y no digo que hay que ser cobarde, pero muchas veces hay que saber cuándo dejar el orgullo de lado e intentar salvar a los que quieres a costa de tu vida. ¡Crucio! —Un destello rojo salió de la punta de su varita y el pobre hombre cayó al suelo, chillando de dolor, ahogado por el llorar de sus hijos quienes comenzaron a gritar nuevamente. Flammer parecía que ni me recordaba que estaba ahí, parecía divertirse de lo lindo sintiendo el sufrimiento de la persona. El grito del sujeto paró. — Y déjame decirte, querido cuñado, que eso es apenas una galleta de la cena que se aproxima si no quieres hablar.
— ¡No diré nada! —Dijo el hombre entrecortado y sumamente perturbado.
—Pensé que eras inteligente, pero cuando alguien es estúpido es inevitable. —Rio entre dientes y me vio. —Bella, mi amor, si me haces los honores. —Fijó su vista en uno de los bebés y comprendí a lo que se refería, sentí que empalidecí y mi pulso se aceleró. — ¿Puedes o no puedes? —Me preguntó, completamente frío y sin expresar emoción alguna, era como si su lado humano hubiera desaparecido por completo. Sin pensarlo saqué mi varita.
—C-cr-crucio. —Una chispa roja salió de la punta de mi varita y al momento el bebé al que apunté comenzó a llorar de una manera completamente desgarradora.
— ¿Lo ves? Hay peores torturas que la física o la mágica, por ejemplo [Incarcerous] obligarte a ver como tus hijos son sometidos a la misma maldición a la que te sometí hace un momento. —Flammer elevó unos centímetros al muggle, quien estaba atado con unas gruesas cuerdas y lloraba de impotencia. Sin embargo se vio aliviado cuando una decena de luces azules y rojas empezaron a aparecer y a detenerse frente a la casa. —Bella, ocúpate de él, no lo mates, no lo sueltes, que quede todo como está. Yo me encargaré de esto. —Apenas terminó, salió de la habitación. Observé a los ojos al pobre hombre, quien estaba pidiendo de manera silenciosa que todo terminara, estaba llorando en completo silencio y dejó escapar un grito de horror cuando se escuchó una explosión y una bola de fuego que se elevó varios metros. Unos segundos después, Flammer apareció en la habitación. —Todo está bien, todos esos entrometidos están muertos. Y esto que te sirva de lección, muggle. Si maté a más de veinte personas en apenas unos segundos, ¿qué te hace pensar que contigo será diferente? Te lo preguntaré sólo una vez; ¿esos bebés son hijos tuyos y de Anahí? —El hombre asintió débil mente, vencido y llorando. — ¿Los otros dos hermanos, Fernando y Gustavo, tenían hijos? —El muggle asintió de nuevo. — ¿Los tuyos eran los mayores? —Nuevamente la respuesta fue afirmativa. Flammer quedó en silencio un momento. —Haz hecho bien, Adolfo. No tienes culpa de nada de lo que pasará, no tenías opción. —Adolfo lo vio, entre en rábico  y lleno de temor. Flam, sólo apuntó su varita al bebé que torturé y un rayo de luz verde salió disparada, dando de lleno en el pecho del infante, quien dejó de respirar en ese momento. El muggle gritó pero no tuvo tiempo de hacer nada, pues otro rayo igual salió e impactó en la otra criatura, quien igual, como si estuviera profundamente dormida dejó de hacer ruido alguno. —Bella, encárgate de él, reúnelo con sus hijos y esposa, te esperaré afuera. El salió, vi a los ojos al hombre, quien lloroso y sin esperanza alguna, se levantó, esperando su destino.
—Mátame… Por favor, mátame. No quiero estar en este mundo si ya no tengo nada. —Su voz era de súplica total, así que en un acto de piedad, su mirada reflejó una luz verde y cayó muerto. Cuando salí estaba parado frente a la casa, el lugar estaba cubierto de autos en llamas, como si fuera zona de guerra. Flammer dio una última mirada a la casa y de la punta de su varita, un enorme cuervo de fuego salió disparado, quemando toda la finca. Tomó mi brazo y desaparecimos, nuevamente a la construcción. Hizo la prueba de los ladrillos, reconstruyó la pared que hizo volar y puso más cosas con la varita, y estos no cayeron, se mantuvieron como si llevaran pegados toda la vida. Sonrió de forma triunfal y tomó mi brazo nuevamente. —Hemos estado lejos de Inglaterra demasiado tiempo, y comienzo a extrañar a todos por allá, es hora de regresar a casa, creo que ambos lo ocupamos. —Y sin más, desaparecimos.
Cuando regresamos a Londres, fuimos hacía el departamento que tenía Flammer ahí, y patra nuestra sorpresa, Hada, Herman y Marian estaban ahí, como si nos esperaran.
—Llegan tarde. Tardaron unos días más de la cuenta, hasta pensé que deberíamos ir a buscarlos. —Dijo Hada, quien se levantó y besó a Flammer frente de mi.
—Un mago nunca llega tarde ni pronto. Llega exactamente cuándo se lo propone. —Dijo Flammer y Hada tanto como Herman rieron ante esa frase.
—De acuerdo, nuestros temores están disipados, eres realmente el Flammer Actecmer que conocimos en nuestros años de colegiales. —Habló Herman, quien estaba sentado bebiendo.
—Sabes, Flammer, cuando iniciamos esta misión estaba dudosa de que fuera un éxito, pues a veces tus planes jamás salían bien. —Se escuchó Marian, quien estaba al fondo. —Pero esta vez, todo salió a la perfección, ¿no es así Hada, Herman?
—Por supuesto, más de lo que esperaba. Hasta me enteré que Hada es mi prima, que mi familia te tiene miedo y te apoyará pues también te respeta y que hay muchas más familias enteras de magos que, aunque no tienen ni puta idea del ideal que perseguimos, nos dan el apoyo incondicional.
— ¡Excelente! Es magnífico escuchar eso. —Dijo Flammer, quien apareció una botella de cerveza y comenzó a beber.
—Por mi parte. —Mencionó Hada— Un ejército entero de los Delacour que no están ligados a esos patéticos Weasley ni Veelas, también nos respaldan, junto a unas 3 decenas de hombres lobo, otras dos de vampiros y por si fuera poco, una manada entera de centauros y de gigantes.
—No esperaba menos de ti, Hada. Siempre a la vanguardia. —Flammer sonrió de manera amorosa a la chica, haciendo que sintiera una patada de celos. — ¿Y tú, Marian? Estoy seguro que tienes buenas noticias.
—Bueno, tengo el respaldo de todo mi clan, sin contar que un centenar de dragones de todos los tipos también se han mostrado dispuestos a ayudarnos y que, para poner la cereza en el pastel, logré revertir el hechizo de unos cientos de inferis que encontré en una cueva al norte, que parece eran de Voldemort pero al morir, los hechizos dejaron de funcionar, pero ahora son fieles a nosotros.
— ¡Perfecto! Por nuestro lado —Flammer me vio. —logramos reunir un amplio apoyo de brujos y brujas americanos, así como de una gran cantidad de criaturas de todo el continente. Tenemos el ejército mágico más grande jamás visto. En poco tiempo, el ministerio probará de que estamos hechos. —Flammer bebió más, prendió un cigarrillo y siguió hablando. —Estamos a punto de ser los más grandes en la magia, tanto antigua como moderna. Ya no sólo es por la dominación del mundo mágico y, por primera vez desde que comenzamos nuestra campaña, el cubrirnos de oro, ahora hay más intereses de por medio; dominar a los magos y muggle por igual. —Todos los vimos, sin embargo Herman, Hada y Marian rieron, levantaron cada uno las botellas que tenían y brindaron. — ¡Por la magia! —Gritaron todos. Tal vez, en ese momento, debí entender que estaba cometiendo el mayor error de mi vida, que todo acabaría en algún momento y que lo más probable era que mal; Acababa de ver a Flammer asesinar a sangre fría a dos bebés, ese debió ser mi límite, pero quise saber cual era el suyo, pero después entendí que no lo había. Parecía que ese horrocrux que creó sólo consumió el poco humano que aun conservaba.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Capítulo LI: Duelo de media noche.



Una de las cosas que más dificultan la vida de los miembros de familias mágicas, sobre todas las antiguas que en algún momento tuvieron enorme poder, riqueza y sobre todo, secretos, es que muchas veces ponen sortilegios protectores para ocultar esta información, de modo que sólo el primogénito, sea hijo o hija, tenga acceso después de la muerte del padre o madre, según sea el caso, lo cual, a fin de cuentas, termina siendo un verdadero dolor de cabeza o como se expresó Flammer en su momento “Un verdadero dolor de huevos” pues aun cuando llevaba prácticamente creciendo en Inglaterra, el no abandonaba su sentimiento de ser mexicano, aun cuando el español lo halaba con un acento gracioso para quienes lo escuchaban, usando la jerga de aquel país y aún más divertido, siendo un gran conocedor de su cultura en forma teórica pero en práctica siendo algo errada. Y aun cuando tenía razón muchas veces, durante el tiempo que estuvimos en México nos dimos cuenta de algo, él y yo que cambió un poco su visión, pero no para “enmendarse” como le hicieron ver o creer, sino todo lo contrario; demostró tal grado de crueldad y falta de empatía, que incluso dudé de mí, de las convicciones que la causa traía y sobre todo si Flammer era capaz de sentir algo por alguien, amar o querer, incluso odiar. Pensé incluso que no podía sentir emociones, que lo único que le importaba era el poder y conseguir lo que buscaba costara lo que costara… Cometí un error, todos lo cometimos.
Un mes antes de regresar a Inglaterra, con un ejército dispuesto a salir a combatir a penas diéramos la señal, Flammer me llevó a la ciudad de Guadalajara, lugar donde ya había estado antes, según me dijo, él, Hada (la sangre me hervía cuando la mencionaba, y el lo sabía, siento que incluso disfrutaba hacerlo), Herman, Anne y Marian, vinieron a buscar cierta reliquia de la familia, y se la entregaron los protectores, no hubo problema alguno desde luego, como se esperaba, así que con la confianza de que todo saldría bien, me llevó a recorrer la casa de los Flammer, la cual mandó a reconstruir para devolver el prestigio a su apellido. Cuando ví el terreno enorme que ocupaba la construcción y que varios edificios habían tenido que ser derrumbados, y a su vez, se construía de manera no mágica, le pregunté como le hizo. Me explicó que tuvo que sobornar, hechizar y matar un par de funcionarios gubernamentales y antiguos propietarios para conseguir los títulos, permisos, licencias y los requerimientos necesarios, así como poner bajo la maldición imperio a dos reguladores de Hacienda cuando le interrogaron de donde conseguía el dinero (Incluso les dijo que tenía una piedra filosofal que transformaba el metal en oro, y aunque no mintió, creyeron que era una simple broma). A final de cuentas consiguió los papeles y comenzó a construirse, pero cuando el capataz de la obra lo vio, sabiendo que era él, el dueño del proyecto, le dio un par de noticias que nadie esperaba.
—Señor Actecmer, buenos días. —Dijo el sujeto, un hombre delgado, blanco y de buen ver. —Como verá, hemos estado trabajando incansablemente para que su casa, si se le puede llamar a semejante mansión, quede lista dentro de poco, pero hemos tenido ciertas dificultades que estamos tratando como resolver.
— ¿A qué te refieres con dificultades? ¿Acaso hay algún funcionario que esté jodiendo?
—Oh, para nada, es solo que… cosas extrañas pasan… Verá; Un día terminanos el segundo piso, las chimeneas y el sistema de drenaje, pero al día siguiente, al llegar, todo está como antes, como si no hubiéramos hecho nada en todo el día anterior. Primero pensamos que sería obra de algún grupo de vándalos, pero ni los ladrones más expertos podrían trabajar así de rápido, después tuvimos la idea de que posiblemente fueran una simple idea y prospectiva visual, pero las facturas indican que todo lo comprado ha desaparecido. Han venido varios ingenieros y arquitectos a revisar la obra, y ni ellos se pueden explicar que demonios está pasando con esto. Por eso es bueno verlo ahora, estábamos consultando llamarme para cancelar la obra o bien, moverla a otro lugar.
— ¡No! Aquí debe ser edificado este monumento a la sangre, pero dados los acontecimientos que me explicas necesitamos tomar medidas serias; Quiero que durante una semana entera salgan todos los trabajadores, sin excepción alguna, quiero inspeccionar personalmente el lugar.
—Pero señor, puede ser peligroso, además, los traba…
— ¡Soy quien está pagando y se hará lo que yo ordene! Y que el desalojo inicie inmediatamente. —Remató Flammer, viendo intensamente al pobre capataz que estaba con sus ojos llenos de miedo y frustración, así que no le quedó de otra que sacar a toda la gente. Lo hizo en medio de una hora y cuando todos abandonaron el lugar, él y yo entramos. Era una obra negra, construida entre madera y piedra, conservando en primer momento la majestuosidad de las mansiones europeas pero con un toque colonial de la Nueva España, era magnífico, y el lugar completamente enorme.
—La Mansión original fue destruida en 1992, los Actecmer y los Hillers se enfrascaron en una batalla que bien podría haber acabado con el estatuto internacional del secreto, pero los muggles culparon a la empresa de hidrocarburos del país diciendo que explotaron ductos de combustible, pero la mansión quedó hecha ruinas. Cuando supe eso, vine a ver que era ya, y me topé con fábricas, moteles de mala muerte, talleres y demás comercios, así que decidí reconstruir la gloria de los Actecmer desde sus cimientos.
—Vaya, no tenía idea de eso, pero, a fin de cuentas, ¿qué pasó con las memorias de los muggles?
—Murieron miles de ellos, no fue necesario, al menos no lo habría hecho yo. Pero eso no es lo que importa ahora, debo encontrar que está pasando, porque no puedo continuar la construcción, y sé quién lo resolverá. —Flammer metió una mano al bolsillo y sacó una pequeña piedra negra como la noche. No pude ver que hacía, o con quien pensó que hablaba, pero lo hizo.
—Dejemos los saludos para después. Estoy en la Mansión Actecmer, emprendí la empresa de reconstruirla y me topo con resistencia mágica que lo impide, ¿qué paso? […] ¿Pero de que hablas? Esa persona soy yo […] O sea que me dices, que el amuleto… […] Ahora comprendo a la perfección porque te mataron. […] ¡Por favor! No fuiste capaz ni de prever eso, así que largo. —Guardó lo que sacó y me miró. —Debemos buscar a dos personas y rápido. —Sujetó y brazo y desaparecimos.
Pasamos el resto del día en un hotel. Flammer estaba absorto en sus pensamientos y yo trataba de comprender la situación, pero no tenía ningún sentido para mí, así que lo deje. Cuando cayó la noche, tomó mi hombro por sorpresa y sentí como una fuerza me jalaba. Aparecimos en un lugar algo diferente, era claramente una zona de alto nivel socioeconómico de muggles, pero se podía sentir la presencia de magos ahí, así que ambos sacamos las varitas por instinto y Flammer hizo aparecer un patronus en forma de cuervo, el cual entró casa por casa, atravesándolas rápidamente. Todas las ventanas quedaron en oscuridad, como si nadie lo hubiera notado, excepto una, a mitad de la calle, encendió sus luces y se vio como una ventana se corría para ver. Nos dirigimos hacía ahí, en una forma que no pareciera amenaza de ninguna manera. Tocó su puerta y la voz de una mujer respondió.
— ¿Qué quieren?
—Venimos a buscar a Actecmer.
—Aquí no vive nadie con ese nombre, largo o llamaré a la policía.
—Llama a quien quieras, ambos sabemos quien eres.
— ¡Lárguese! Tengo un arma y dispararé en caso de ser necesario.
— ¿Así que cambiaste tu varita por armas muggles? Que decepción. —Todo quedó en silencio unos minutos y la puerta se abrió. Una chica, apenas mayor que Flam se dejó ver. Era mucho más atractiva que él, pues su cabello castaño y ojos grises resaltaban su belleza. Delgada y de una estatura casi como la del chico, se notaba que era una persona bastante agradable. Sin embargo, Flammer con su cara inexpresiva, traje negro y la cicatriz de su rostro, era el contraste perfecto.
— ¿Quién eres? —Preguntó ella. Actecmer mostró su varita, ella lo observó sin responder.
—Déjanos pasar y te diré lo que quieras saber. —Dijo el chico. La pobre mujer titubeó un poco, de su bolsillo sacó una varita blanca y larga, bastante elegante y abrió por completo la puerta. La casa era de un estilo muggle en su totalidad, bastante moderna y de buen gusto. Sin decir nada, nos guio a la sala y nos sentamos.
—Ahora dime, ¿quién eres y que te trae a mi casa a esta hora?
—Lo diré rápido y sin rodeo; Soy Flammer Actecmer, como ya viste, un mago, igual que tú. Ella es Bella Black, una bruja, también. Estoy buscando algo y tú puedes darme respuestas.
— ¿De qué? No tengo nada que te interese.
—Oh, de que lo tienes, lo tienes, ¿sabes por qué? Porque estoy tratando de construir una mansión en Calzada del Ejército, ¿te suena?
—Me suena a que eres un tipo idiota, que no sabe de planificación urbana y desde luego, de zonas en la ciudad.
—Oh, no es eso, es que según me contó un muerto— La vi poner cara pálida. —tú, Anahí Rivello, eres la que causa que no pueda hacerlo como deseo.
— ¿Y qué te hace pensar que soy yo la culpable de tus problemas de planeación?
—Un par de simples cosas; verás, hasta donde estoy enterado, tu madre, Anastacia Rivello, conoció hace unos 25 años a un sujeto bastante agradable, de apellido Actecmer, ¿no es así?
— ¿Y qué con eso, en caso de ser real? Eres cuando mucho de mi edad, incluso menor. No veo alguna relación entre ambos.
—Porque no quieres verla, ¿necesitas que te explique con peras y manzanas? Mi apellido es Actecmer, tengo 23 años y tú 26, eres una bruja, y según tengo entendido, tu madre era muggle.
—Mi madre era una mujer respetable, su único error fue confiar en alguien como tu padre.
—O el tuyo, y sí, fue un error, desde luego. El caso es que necesito saber un poco más; ¿Hay algún otro hijo?
—Sí, un par de gemelos, nacidos un año después que yo, son mis medio hermanos y primos. Hijos de la hermana de mi madre.
—Excelente, así que en total somos 4 hermanos con diferentes apellidos.
—Se puede decir, y lo peor de todo, es que el que lleva el apellido original, es un asqueroso mago tenebroso.
—Veo que estás enterada de mis logros.
—Todos lo sabemos, las noticias de tu llegada hace años se corrió como pólvora y los asuntos de Inglaterra también. Y si vienes a pedir unir fuerzas, puedes olvidarlo.
—De hecho venía a algo así, pero necesito que me lleves con los otros dos.
— ¿Y qué te hace pensar que te llevaré con mis hermanos?
—Tengo métodos para hacerlo, de hecho no habría tardado ni 5 minutos en lograrlo, pero prefiero la vía pacífica, ¿sabes? Es bueno siempre establecer alianzas.
—Eres un miserable y asqueroso mago tenebroso.
—Me halagas, es un placer oírte decir eso, pero por favor, dejemos tanta charla y vayamos con ellos. ¿O planeas ofrecer resistencia? —Flammer la miró como si penetrara su mente, aunque bien sabía que no lo hacía. Unos segundos después ella cedió y tomó el brazo de su medio hermano, yo al tenerlo tomado de la mano, desaparecí con ellos.
Llegamos a una casa, un poco más simple y convencional, discreta y sin llamar la atención en lo absoluto. La calle estaba iluminada por los faros de alumbrado público y lo único que se oía era el ruido de las casas de trasnochadores que estaban viviendo su vida en horas de sueño. Anahí tocó la puerta y un par de minutos después, un hombre alto, de un aspecto común abrió la puerta.
— ¿Anahí, qué haces aquí?
—Llama a Fer, Gus. Tenemos visitas. —El sujeto se asomó y puso cara de haber visto un muerto. Abrió por completo la puerta e hizo una seña de que pasáramos, nos sentó en la sala de estar y ofreció una cerveza a todos. —Bien, Gustavo, te presento a…
—Yo sé quién es. —Dijo el hombre. —De hecho me sorprendería que alguien no supiera su nombre.
—Dios, no pensé que recibiría tantos halagos esta noche, de verdad, son un encanto de persona. —Comentó Flammer con un toque sarcástico en la voz.
—He llamado a Fernando, no tarda en llegar, en unos momentos más estará con nosotros. —Gustavo vio a todos y se sentó, tomando su bebida.
—Excelente, excelente. —Los vio Flammer. —Pero saben, aun no he visto sus habilidades mágicas, y creo que podrían ser de gran ayuda.
—Flam. —Lo vi, tratando de adivinar que era lo que haría. — ¿Qué harás?
—Oh, nada, querida. Sólo un par de cosas, ¿sabes? El fin justifica los medios a fin de cuentas, es algo que les he dicho siempre, a ti, a los que están en Europa, a todos, en general. —Flamm bebió su cerveza cuando un crack se escuchó en el recibidor, de la puerta apareció un hombre, muy parecido a Gustavo.
— ¡Fernando! —Dijo Gustavo, pero Fernando tenía la varita empuñada, con una clara reacción de desconfianza.
— ¿Qué haces aquí, Actecmer?
— ¿Esos son modales, hermano? —Preguntó Flam, como si disfrutara la situación. — ¿Llegar a una casa que no es tuya y amenazar con la varita levantada? Es pésima educación, y no el precisamente apuntar, sino el que lo haga un mestizo, que bien pudo ser un squib.
—Eres tú quien no es bien recibido aquí, ni en esta casa, en la ciudad y desde luego, en el país. —Dijo el recién llegado sin bajar su varita.
—Muy bien. —Flam se puso de pie, sacando su varita. —En ese caso seré breve; Ustedes se interponen en mis planes. Cuando conseguí la reliquia de la familia, pensé que y casi estuve seguro que yo era el propietario legítimo de ella, pero han pasado los años y aun cuando la siento llena de poder, no hace diferencia alguna entre mis grandiosas habilidades y las que se supone debe darme. Pero ahora, cuando no pude reconstruir la mansión de nuestro padre, entendí que tenía hermanos, no reconocidos por los Actecmer, pero sí por la magia antigua que llena la sangre. Por eso vine aquí, he venido a matarlos, y de una vez por todas ser el heredero total de todo lo que concierne a la Familia.
— ¿Matarnos? —Dijo Anahí, viendo a los ojos a Flammer. —Somos tres contra ti, dos tal vez, pero aun así no tienes idea de que tipo de oponentes te enfrentas, y por el contrario, nosotros sabemos que tan asqueroso y repugnante ser eres.
—Gracias, nuevamente, pero basta de halagos. —No pude ver en que momento levantó la varita, sólo vi un rayo de luz verde impactarse directo en el rostro de Fernando, quien cayó muerto, sin más. Gustavo saltó instintivamente hacía un lado y yo empuñé mi varita. — ¡No, Bella! No te metas. Esto es entre hermanos.
— ¡Maldito! —Gritó el otro hermano, quien sólo lanzó cientos de maldiciones, las cuales fueron detenidas como si fueran simples semillas de alpiste contra un muro de plomo. Flammer con otro movimiento logró cortar sus ataques y un segundo rayo de color verde impactó su pecho, dejando un segundo cadáver en el suelo.
—Así que lo que decían era verdad… Eres un maldito asesino.
—Prefiero llamarle de otro modo, pero claro, también eso.
—Bien, entonces te daré lo que quieres. Lucharemos, no aquí, hay demasiados No magos. Iremos a Huachimontones, ahí podremos luchar sin problema alguno.
—Bien, Anahí, me parece bien. Si gustas hacerme los honores. —Tomé el hombro de Flammer y él extendió la mano, la chica la tomó y desaparecimos una vez más. Ahora estábamos en campo abierto, lejos de luces, cables y de todo. La única luz era la luna.
—Acabaré contigo, Actecmer.
—Cosita. —Rio Flammer y lanzó una lluvia de flechas en llamas contra la chica, quien comenzó a moverse para librarse de ellas. Pero no terminó ahí, con la varita un gran látigo de fuego apareció y sujeto de los tobillos a Anahí, quien apenas tuvo tiempo de cortarlo y ponerse de pie, mandando cientas de piedras y hierba contra la cara de Flam, este ni se inmutó y las detuvo con tal facilidad que parecía lo había practicado un año entero. Dio un par de giros con la varita y un rayo plateado se disparó, Anahí nuevamente lo esquivó por los pelos, sin embargo una gran explosión se dio en el lugar que impactó, y sin darle tiempo de reponerse, nuevamente la atrajo hacía el con un látigo de fuego, que le hizo una cicatriz enorme en la cara. Con una espada de agua materializada logró acabar con el fuego, y se libró. Flammer estaba parado, en el mismo lugar, no había dado paso alguno mientras Anahí se veía intranquila y asustada.
—Vamos, Rivello, sé que puedes hacer más.
—No me subestimes, asesino. Puedo acabar con esto cuando quiera.
—Flammer. —Lo vi a los ojos, sin moverme de donde estaba. —Sé que amas jugar al gato y al ratón, pero acaba con ella de una vez. —Flammer me vio y sonrió, de manera sarcástica, burlesca o aceptando, jamás logré descifrar la sonrisa, y no importa, de cualquier modo, amarró a la chica con cuerdas de metal caliente al rojo vivo, tan duro que incluso parecía frio. La pobre de Anahí gritó de dolor, el cual fue sofocado apenas unos segundos después, cuando un destello verde se reflejó en su mirada y esta quedó apagada. Flammer se acercó, viendo a su víctima y sacó la reliquia de su familia, puso la varita en el pecho de la chica, después en el suyo, susurró un par de palabras y un espectro negro se elevó, dejando todo en oscuridad total. No podía ver, pero escuchaba perfectamente, y olía, y sentía. Los gritos de desgarro y muerte, el olor a putrefacción y la piel helada, no eran buen augurio. Así estuvo todo unos minutos, hasta que la nube negra se elevó al cielo y bajó en forma de lanza hacía el amuleto. Flammer me observó, sonriendo triunfalmente. —Vámonos. —Tomó mi mano y desaparecimos.